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Por Mario Minervino Diario La Nueva

Su nombre ya anticipa un carácter de leyenda: Evaristo Meneses. Borges lo hubiese ubicado en los suburbios, orillero, hombre de esquina.

Lo apodaban “El Pardo” y se convirtió en el policía federal más temido por los delincuentes. Una verdadera leyenda. 

Meneses nació en General Daniel Cerri en 1907, cuando el nombre del pueblo todavía era Cuatreros. Era parte de una familia de 9 hermanos y un padre dedicado a la venta de maquinarias agrícolas. Ese trabajo paterno lo hizo abandonar Cerri en 1925, a sus 13 años, pasar un tiempo en Montevideo hasta que, finalmente, se radicó en Buenos Aires.

   En 1934 ingresó en la Policía Federal: fue su gran vocación.

   En 30 años de actividad forjó una camino, resolviendo los casos más resonantes de su tiempo, apresando a los delincuentes más temidos y peligrosos, lo cual lo convirtió en un héroe de primera plana, con fama de duro e incorruptible.

Casos resonantes

   Meneses fue policía cuando en la vereda de enfrente estaban verdaderos personajes del hampa. Ladrones, asesinos, personajes que aparecían en amarillas páginas de diarios. La puja era Meneses contra todos. Para eso trabajaba a destajo. Caminaba la calle, recorría la noche, visitaba boites y cabarets, “por motivos profesionales, para semblantear el ambiente”.

   El mito se fortaleció a partir de atrapar a pistoleros como José Hidalgo, al Loco (Miguel) Prieto y a Jorge Villarino, el Rey del Boleto.

   Cuando recuperó un cargamento de oro robado en Ezeiza fue su momento de gloria.

   El 15 de enero de 1961, 4 hombres vistiendo overoles se presentaron en el aeropuerto internacional, asegurando ser empleados de una empresa de aviación norteamericana, para retirar unas valijas.

   El jefe de Aduana desconfió. Los desconocidos extrajeron armas y se llevaron 360 kilos de barras de oro. A Meneses le bastaron 3 días para recueprar lo robado y apresar a sus autores.

Enemigos en todos lados

Meneses tenía un físico imponente, que metía miedo, peinado a la gomina y rostro anguloso, con rasgos marcados. Vestía de traje gris oscuro o negro, con sombrero como los que usaba Carlos Gardel.

Manejaba los códigos de la calle, conocía las leyes del hampa.

 Su balance aún sorprende: 1.117 robos esclarecidos en su carrera y 30 medallas recibidas. Esa efectividad le hizo ganar enemigos dentro de la fuerza. Lo quisieron ensuciar diciendo que era dueño de algunos cabarets y de una flota de taxis.

 En 1964, cuando su nombre sonaba ante la posibilidad de ser designado como comisario general, lo pasaron a retiro.

En los 28 años de vida que le quedaban se dedicó a la pintura, a escribir y a tomar casos particulares, como investigador privado. En soledad y ya casi en el olvido, con el único ingreso de su jubilación, murió en 1992.

La historieta: de la realidad a la ficción

Evaristo Meneses llegó a la historieta 20 años después de su retiro, de la mano de los dibujos de Solano López y con guión de Carlos Sampayo.

La publicación se llamó “Evaristo”, a secas, y se publicó en la revista Fierro.

Estaba inspirada en su figura, recreada como un duro, alejado de toda corrupción, respetado por propios y ajenos.

el periodista Juan Sasturain lo entrevistó en 1986, cuando Meneses atendía su oficina de “investigador privado”.

   “Ahí está. Pausado, inquisitivo, serio, cordial. Peinado achatado, a la moda. El pelo entero, gris por zonas, gardeliano. Sé que ha sido boxeador -70 peleas como aficionado- y eso me hace ver orejas golpeadas donde tal vez no las hay. Sé que ha recibido plomos -dos veces, dirá al pasar-, pero no hay huellas ni rengueras. Lo que queda y se ve es la pinta brava”, escribió en la nota Sasturain.

A partir de su carrera real y de la historieta -que sumó la mejor de las ficciones-, y con el correr de los años, el mito y la leyenda del comisario Meneses le fueron ganando terreno a lo que significó su actividad real.

Pese a la rápida partida, no se olvidó de sus raíces

Meneses vivió hasta los 13 años de edad en General Daniel Cerri, aunque nunca dejó de visitar su terruño natal.

De hecho, volvió a la ciudad siendo policía en actividad y también cuando se encontraba retirado.

Visitaba General Cerri y campos de toda la zona y también compartía cenas en el club Napostá.

 
 

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